Empecemos diciendo que es normal:
- Que sientas rabia si te enfadas, pero no salgas a rompen nada…
- Si te han traicionado, que te sientas decepcionado, pero no te vuelvas desconfiado…
- Si te han mentido, que sientas desconfianza, pero no vivas resentido…
- Si has perdido o estas frustrado, que sientas tristeza, pero no que permanezcas alicaído…
Vivir significa conocerse y ese conocimiento es el que nos permite relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.
Si escondemos nuestras emociones, las acallamos y las ocultamos pensando que de esta forma van a desaparecer, cometemos un grave error porque ellas seguirán estando ahí, solo que se estarán confinadas como en una cárcel y esta actitud a lo único que nos conduce es a la confusión, la apatía y la incredulidad afectiva.
La sabiduría emocional consiste en elegir cómo queremos sentirnos.
Las emociones no se pueden controlar desde afuera, se deben controlar desde nuestro interior.
Por eso, debemos cuidarnos para mantenerlas bajo control y que no pasen a ser tóxicas.
Una persona con emociones tóxicas buscará ser amada a cualquier precio. Sin embargo, estar sano emocionalmente no significa depender de otros para ser feliz, sino del amor que uno se tiene a sí mismo.
Nuestro Señor Jesucristo nos dio una orden: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, no dijo más que a ti ni menos que a ti. Todo empieza por uno porque no podemos dar lo que no tenemos.
Una persona con emociones tóxicas buscará la aceptación y el reconocimiento de los demás a través de los bienes que posee. Sin embargo, estar sano es saber y reconocer que somos aceptados, no por lo que tenemos sino por lo que valemos como personas.
Una persona con emociones tóxicas da excesivo valor a la opinión de los demás. Sin embargo, estar sano es construir la imagen de uno mismo con palabras afectuosas y positivas a través de automotivación.
Recuerda que lo más importante en cualquier circunstancia no es lo que pasa a tu alrededor, sino lo que pasa dentro de ti.

