“Vestíos, pues, como escogidas de Dios, santas y amadas, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” Colosenses 3:12
Tanto la bondad como la benignidad son virtudes valiosas pues nos llevan a identificarnos con el carácter de Jesucristo, pues ÉL es absolutamente bondadoso y benigno.
La benignidad es esa bondad en acción que se dirige a nuestros prójimos para endulzar los corazones iracundos con palabras suaves y actos de misericordia.
El alma benigna es como una lámpara llena de aceite que ilumina a los que equivocaron el camino, llega con ricas palabras a los afligidos, es medicina para el alma áspera y como si fuera poco, contagia ese amor Sobrenatural.
La persona benigna sabe escuchar con paciencia; la benignidad nos la da el Señor para tratar a los demás sin dureza, y siempre perdonando.
Ser benignas nos hace mujeres, hijas, madres y abuelas que mantienen relaciones cordiales, porque permiten al Espíritu Santo controlar sus vidas.
En cierta forma, el ser benignas es la respuesta genuina al amor de Dios, porque así es Él y así obra en nosotras cuando le damos el primer lugar.
Y nunca olvidemos que la oración, Su Presencia y su Palabra es lo único que nos habilita para dar amor sincero , ese amor que sana y no daña.

